Liga española pro derechos humanos

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domingo, 14 de noviembre de 2010

El Sáhara no es un desierto, el olvido sí

Tribuna de opnio de Esteban Gonzalez Pons

El Sáhara no es un desierto. Es una tierra y una patria. Es un pueblo. Y, lo más importante, quiere seguir siendo todo eso. Hasta hace poco también fue una provincia española, pero desde hace mucho España se enfrenta al dilema de recordarlo, y amparar a quienes viven allí, o desentenderse cómodamente de lo que ocurra con ellos.



Algo así me dijo una adolescente saharaui, mientras lloraba y me apretaba la mano, y me repetía que no quería llorar. Marchábamos juntos en una manifestación para protestar una vez más por la represión que están sufriendo los habitantes de nuestra antigua colonia. Estaba muy nerviosa y hablaba deprisa, pero sus palabras se me enganchaban como anzuelos. "Pareces convencido de hacer lo correcto aunque no hagas lo suficiente, pero un político nunca hace lo correcto si no hace lo suficiente", me espetó. ¿Y si no está en mi mano?, le pregunté. Y otra vez que no lloraba aunque llorase.



A su padre lo mataron de una paliza y de su madre no tiene noticias desde que la policía asaltó el campamento en el que se encontraba refugiada. Una vez consiguió hablar con ella por teléfono pero la llamada se cortó antes de que pudiera decirle "mamá no llores", mientras lloraba. Me contaba que está acogida por una familia gallega con la que comparte sufrimiento y sueños, y que hoy la ha traído a Madrid para clamar contra la indiferencia con que el Gobierno de España contempla la destrucción a la que están sometiendo a los suyos. No comprende que podamos permanecer impasibles ante la tortura y la humillación sin límites sólo porque nos pueda convenir cerrar los ojos y silbar.



"El Presidente de tu país no condena la actitud genocida que los saharauis sufrimos por sus intereses políticos y comerciales, ¿verdad?". Mi silencio fue una respuesta elocuente. "Pues si los intereses se anteponen a los derechos humanos, ¿puedes explicarme qué tipo de lección estáis dando a vuestros hijos?". De nuevo no supe contestarle. "Mírame a los ojos. Tú y yo somos iguales y cualquiera de los dos puede morirse ahora mismo, y nada importará lo que tengas ahorrado, te tragará la tierra como a mí que soy pobre. ¿Lo entiendes?, las personas te guardarán en su corazón si les has ayudado, los objetos y el dinero no, por más atención que les dediques". Seguí callado.



Me pareció que llovía porque yo tampoco estaba dispuesto a aceptar que estuviera llorando. "Yo no quiero una bañera de mármol, ni unos zapatos de marca o una moto, me conformo con pasar las noches en una jaima junto a mi madre y mis hermanos y me parece increíble que eso pueda chocar con ningún interés nacional".



En la Cárcel Negra de El Aaiún dicen que había una higuera vieja pero generosa que quiso secarse para no escuchar cada noche hasta el alba los lamentos de los presos políticos. En la Cárcel Negra de El Aaiún dicen que los presos políticos duermen hacinados, pasan días sin comer y semanas sin ducharse, y cuando mueren desaparecen sus cuerpos. En la Cárcel Negra de El Aaiún los presos son casi todos políticos, simpatizantes con la causa de la independencia del Sáhara y dicen que sus invisibles verdugos parecen especialistas en degradar detenidos hasta dejarles la dignidad pelada de todo signo de esperanza. Si es verdad lo que dicen, esos carceleros y sus víctimas están ahí al lado, pero no miramos. O no los queremos ver.



¿Qué hacer mientras aún tenemos oportunidad? Después de 35 años de invasión lenta, continua y descarada, del Sáhara occidental ante la mirada distraída de España, potencia administradora del territorio, tenemos que asumir nuestra responsabilidad, respecto de lo que ha pasado y lo que pueda pasar. Como mínimo podemos encender la luz para que el mundo vea lo que sucede, lo que están sangrando algunos de los hombres y mujeres más pobres de África. Hay naciones con el desierto afuera, en la piel, pero a otras el desierto se les puede poner adentro, en las entrañas. Y asumir que haya alguna política más importante que las personas es abrir un extenso desierto interior.



El respeto a los derechos humanos es una obligación universal y su violación nos concierne siempre. No hay razón política que justifique disimular el disgusto o taparse la nariz ante la demolición de las garantías mínimas del contrato social a nuestro alrededor. La joven saharaui tiene razón, si los intereses de España se confrontan con el respeto a los derechos humanos, el verdadero interés de todos es que prevalezcan los derechos. Por eso, debemos condenar la ocupación por la fuerza del antiguo Sahara Español, no sólo porque esté geográficamente cerca, ni siquiera porque sean nuestros hermanos, más bien porque son parte de nosotros mismos. Sí, porque muchos aún conservan su nacionalidad española, pero también porque sus derechos son nuestros derechos. Los de todos los hombres.



"No estoy llorando", me decía mientras lloraba y me clavaba sus uñas en la mano, "no quiero darte pena". Y no me la daba, sólo me entristecía pensar que, si los ingleses o los franceses hubieran sido responsables de un Sáhara con su nombre de apellido, no lo habrían desatendido como nosotros al Español. Porque el Sáhara no es un desierto, pero el olvido sí.

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